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Grupo Coalma
(c. 1950-1960)

Mario Verdugo

Dedicaron libros a los niños de Vietnam y formaron un Comité de Recepción para los Primeros Visitantes Extraterrestres. Rechazaron el auge del fútbol y alertaron sobre el predominio del robot. Defendieron el supremo valor de la belleza y acabaron presentando un proyecto de ley que financiaría la jubilación de los artistas con un impuesto cobrado a la Bilz, a la Pap y a la Coca-Cola. Aunque Talca fue siempre su axis mundi, no hubo región del universo que resultase lejana al interés de Gajardo, Montero y Poblete. Sus poemas dieron cabida a ruiseñores y a vampiros, a la alegría y al horror, al compañerismo y a la bomba de neutrones. La crítica les dio la espalda y el campo literario apenas se enteró de que existían, pero en cambio concitaron la admiración de Don Francisco y a la larga consiguieron legitimarse en respetadas publicaciones periódicas, como Vanidades, Buen Domingo y Conozca Más.

Jenaro Gajardo Vera, indiscutido líder del grupo Coalma, nació en Traiguén en septiembre de 1919. En su calidad de abogado criminalista —si ha de ser creíble su propio conteo— intervino en “veinte mil pleitos a favor de la gente pobre”. Como escritor debutó siendo ya casi un treintañero. Algunas cosas sencillas, aquel texto primerizo, no repercutió más allá del estero Piduco, donde Jenaro se había domiciliado tras licenciarse en la Universidad de Chile. Su figura comenzaría a trascender por motivos no precisamente librescos, sin perjuicio del elemento lírico que podía entreverse en ellos. Hacia 1953 (la anécdota es conocida pero vale la pena machacarla), Gajardo fue excluido del Club Talca por no ser propietario de un bien raíz. De camino a la Plaza de Armas y todavía furioso por el desaire de la oligarquía local, el poeta contempló la luna que lo había arrobado desde pequeño y decidió inscribirla legalmente a su nombre. Ni los notarios ni los psiquiatras pudieron disuadir a Jenaro, y hasta Richard Nixon y Neil Armstrong tendrían que vérselas con él.

Según lo atestiguan múltiples entrevistas, Gajardo pagó tan sólo cuarenta y dos pesos chilenos por el satélite blanco. El procedimiento se ajustaba a derecho y así lo asumieron en Washington, cuyos jerarcas solicitaron el correspondiente permiso antes de soltar las amarras del Apolo 11. Con un telegrama escueto, en el que invocaba el patrocinio de Walt Whitman, el de Traiguén accedía a la demanda y hacía votos por un feliz regreso a la Tierra. Los afanes de lucro, en todo caso, le importaban poco y nada, por lo que nunca aceptó la idea bobalicona de cobrar peaje ni la de vender parcelas lunares. Lo suyo apuntaba más bien al deseo de fundar en territorio selenita una colonia de superhombres elegidos en lo posible por las Naciones Unidas. No obstante lo anterior, Gajardo aprovechó su ocurrencia en más de un sentido: para sacarles la lengua a los dueños de fundo, para atraer a las tres mujeres con las que contrajo matrimonio, y para ser invitado a Sábados Gigantes y a la televisión argentina, donde compartió escenario con Raphael de España y recibió trato de estrella.
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Jenaro Gajardo Vera

Otros dos libros enteraron el corpus gajardiano. Copas de fuego, de 1962, fue escrito a medias con su primera esposa y contó con un prólogo de Pablo de Rokha. El zapatero silencioso, del 67, apareció en versión francesa como Le savetier silencieux y descolló por la escasa selectividad de sus dedicatorias (“a Jacqueline Kennedy”, “a Golda Maier”, “a Isabel II”, “a todos los continentes y pueblos del mundo”, “a todas las galaxias”, “a todos mis antepasados”, “a todas las artes”, “a todas las eras, incluso a la era atómica”, etcétera). Aun cuando esta última obra se limitaba a narrar la tierna historia de un niño descalzo, Gajardo acusó de plagio a la estadounidense Flora Rheta Schreiber, cuyo The Shoemaker (El zapatero) tenía como personaje central a un esquizofrénico que derivaba hacia los asesinatos en masa.

Menos difundida sería la trayectoria del resto de los coalmistas: Mario Poblete Oyarzún (1924-c.2000) y Osvaldo Montero (1925-1978). A Poblete se debió la vertiente más diabólica del grupo. Su Firmamento rebelde, del 59, apretujó un elenco de monstruos, calaveras, leprosos, momias, tarántulas, chacales, hongos y buitres, junto con un par de criaturas benignas (como algún delfín y algún cisne) que en ese contexto terminaban pareciendo igualmente temibles. La luna y los ángeles, por lo demás, eran sometidos allí a toda clase de vejaciones, lo que no dejaba de sorprender en el caso de un libro dedicado a mamá y papá. Con fama de chico bueno pero un tanto maleado por el conde de Lautréamont, Poblete tendió a diversificarse escribiendo mensajes de Navidad y responsos para Marilyn Monroe. Como él, su compadre Montero buscó forzar la cápsula imaginaria de la vida en provincias. El autor de Morada de soledad pensaba que el poeta era una suerte de radar de ondas electromagnéticas, y algo de esta convicción se refrendaría en su poemario de 1955. Entre la cuestión social y la cuestión sideral, entre la monotonía terrestre y el arrebato del cielo, Montero siempre eligió el segundo término, a pesar de que su corpulencia y su trabajo en el sector público insistían en traerlo de vuelta a “la tierra negra”.

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Oficio notarial que certifica a Gajardo como propietario de la luna

El coalmismo tuvo como emblema a un albatros y como objetivo a la gestación de una auténtica comunidad de espíritus. A falta de manifiestos formales, sus planteos se canalizaron a través de revistas, congresos y actividades que sólo en apariencia podían ser tildadas de recreativas. Los orígenes del grupo se remontaban a la época en que los tres autores compartieron aulas en el Liceo de Talca, y a la posterior fundación —con respaldo unánime— de la Sociedad Telescópica y la Sociedad de Amigos de los Astros. Habiendo bajado ya de los techos talquinos y una vez agotados los misterios del cuarto menguante, el trío alcanzó su golden age organizando el Segundo Encuentro de Organizaciones Culturales de Chile. Realzaron este evento, entre otros, Los Inútiles de Rancagua y Los Afines de San Fernando, aunque ninguna propuesta lograría el impacto producido por los anfitriones y su ambicioso plan de fomento a la escritura: crear una cooperativa editorial, luchar para que el Estado contratara a un poeta por cada provincia (con paga digna, se entendía) y socorrer a los jubilados del gremio, siquiera en parte, con un gravamen del dos por ciento a las bebidas gaseosas no alcohólicas que se vendiesen en el país.

El programa, por desgracia, no despertó en el Parlamento el mismo entusiasmo que en los corazones de Gajardo, Poblete, Montero y sus adláteres: el pintor Eugenio Vidaurrázaga, la poeta Clemencia Ahumada, el cronista Benito Riquelme y el obispo Manuel Larraín, quien habría de valerse de ellos para olvidar por un momento sus muy terrenales líos con la Reforma Agraria. Meses antes de su muerte, acaecida en 1998, Gajardo se lamentaría de la miserable jubilación con que se iba marchitando en su casa de Rocas de Santo Domingo. Otro gallo hubiera cantado —decía— de haber vendido sus predios a tiempo o de haberle creído a Salvador Allende cuando éste quiso nombrarlo ministro de Educación.

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Mario Verdugo (Talca, 1975). Ha publicado los libros de poesía La novela terrígena (2011), Apología de la droga (2012; segunda edición, 2014), Canciones gringas (2013; segunda edición, 2016), Miss Poesías (2014), Las parejas hétero del siglo veinte (2017) y robert smithson & robert smith (2017). Además es autor de la plaquette Absolutamente moderno (2017) y la antología Música esdrújula. Grandes éxitos de Pedro Antonio González (2015).

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El perfil Grupo Coalma (c. 1950-1960) pertenece al libro Arresten al santiaguino! Biblioteca de autores regionales, publicado en el 2018 por Ediciones Overol
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