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EL pan y la piedra:
homenaje al poeta Efraín Barquero  (1931-2020)

Escriben Daniel Rozas, Mario Verdugo y Cristián Rau


"No es una mesa, es una piedra. Tócala en la noche.
Es helada como el espejo de la sangre
donde nadie está solo sino juzgado por su rostro"

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"EL POETA DE LA SEMILLA Y LA EXPERIENCIA"
Por Daniel Rozas
. Autor de Pablo de Rokha y la Revista Multitud (Das Kapital, 2014)

Efraín Barquero era un tipo discreto, humilde, silencioso. Un gran poeta cuya obra perdura y la grandeza de su trabajo reside en que sus poemas pueden ser releídos una y otra vez. Leer a Barquero es como escuchar las palabras de un viejo sabio frente a un fogón. Lo conocí poco antes de su muerte, cuando lo fui a visitar a su departamento en Providencia. Estaba abatido por la muerte de su mujer, Elena, pero fue generoso en la conversación. No era un intelectual, era un gallo que creía en la inteligencia del corazón y en la artesanía poética. 

Tampoco era un poeta libresco, era un poeta de la semilla y la experiencia. Estaba profundamente vinculado a la naturaleza. Le gustaba mucho caminar solo ya que, al igual que Stevenson, sabía que andar es un ejercicio espiritual, pues su esencia es la libertad. Yo lo fui a entrevistar a propósito de su residencia por doce años en el pueblito de Lo Gallardo, donde vivió gracias al mecenazgo de la Momo, Inés del Río de Balmaceda, que le construyó una casita de dos pisos y un taller en el bosque, en la orilla del río Maipo. Ahí encontró tranquilidad y escribió seis libros.

“Yo me iba con mi termo de la casita chica a mi taller y me instalaba ahí. Imagínese con el río, la soledad y la naturaleza. De repente se veían a lo lejos pescadores que pescaban a la manera antigua, con redes. Tenía muchos estímulos de ese tipo. Veía las garzas desde mi ventana. Pero lo que más me gustaba era ver como las gaviotas le enseñaban a volar a las crías nuevas por primera vez, en vuelos concéntricos, en el cielo de septiembre. Era un espectáculo maravilloso”.

Barquero me contaba que, viviendo en Lo Gallardo, se levantaba todos los días temprano en la mañana, escribía un par de horas, y luego se iba caminando hasta llegar a San Antonio. Era un hombre que hablaba con los pájaros, entendía de plantas y se fascinaba observando los enjambres de abejas en los troncos de los árboles. También disfrutaba caminar hasta Santo Domingo, por los caminos más apartados y boscosos, silvestres, recogiendo ciruelas en el camino. Era un hombre de la tierra, ermitaño. El ambiente literario le parecía nefasto. Prefería ir a tomar pipeño al bar de María González, La Reina de Angola, en Lo Gallardo, un local bonito y sencillo, con mesas hechas en forma campesina, que llegaba hasta el río.

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"UN FALUCHO CARGADO DE MADERA Y PESCADORES AHOGADOS"
Por Mario Verdugo
. Autor de Arresten al Santiaguino! Biblioteca de autores regionales (Overol, 2018)

A veces la región, la región del Maule o el “país” del Maule en este caso, puede adquirir un carácter elítico y endogámico, que uno ve por ejemplo en algunas añoranzas de poetas como Manuel Francisco Mesa Seco y Carlos Acuña. Eso se contrapone con el giro proletario que Barquero le da al tema en su libro de 1954 La piedra del pueblo. Es un texto donde se conserva el sentido fundador que la ciudad de Constitución (antes llamada Nueva Bilbao) tiene para la subjetividad, aprovechando la bisemia del vocablo en uno de los subtítulos: “Constitución de mi canto”, es decir, Constitución como topónimo y a la vez como el lugar donde se constituye el autor que habla y que tanto se emociona en aquellos poemas. 

Después, habiendo emigrado a Santiago, de acuerdo con el esquema típico de la poesía lárica, este sujeto sigue autorreconociéndose en el microcosmos de la infancia, y entonces habla directamente con el río Mapocho y le cuenta que viene del río Maule y que él mismo es una especie de falucho cargado de madera y de pescadores ahogados, como los de Maquegua, Tanhuao, Huinganes. Ahora, la gran novedad es que se trata de un microcosmos dividido, es un paisaje material donde no se escamotean las jerarquías económicas y sociales, Constitución es un espacio habitado por dominadores y dominados, hogar, por una parte, de industriales que se apoyan tanto en el privilegio capitalista como en el prestigio capitalino, y también de los obreros locales que van a entregar sus fuerzas a la maldad y la herrumbre de un “barco negro” (una fábrica, digamos) que se instala en medio de la ciudad. Lo material, la división del trabajo, para ser justos, rara vez se ausenta de los textos de Barquero y puede encontrarse igualmente en el imaginario harinero-panadero de su autobiografía Arte de vida. Por lo demás Chile, la patria, el país total, deja de ser el centro donde todo se une, donde todas las regiones rinden sus tributos felices de la vida, y comienza a identificarse con intereses y objetivos específicos: los del patrón superpatriota que les pide más patriotismo a sus empleados, o sea, que trabajen más rápido y que no lloren.

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"ROBARLE A LA GARZA SU BLANCURA"
Por Cristián Rau. Fundador de la revista Medio Rural y co-autor de La Viga Maestra. Conversaciones con poetas chilenos 1973-1989 (UDP, 2019)

Es tal el manoseo y mal uso que le hemos dado a una buena parte de las palabras e imágenes asociadas a lo rural, que cada vez que leemos alguna metáfora cercana a los “aromos en flor”, “las tortillas de rescoldo” o “el olor de la tierra mojada después de la lluvia”, inmediatamente nos salta una especie de alarma interna. El exceso de mala poesía de provincia, plagada de clichés bucólicos, borrachos perdidos y amores consumados a los pies de un coihue, nos hace dudar inmediatamente, no solo del talento del escritor, sino que de su sinceridad, de su real conocimiento de un universo rico y valioso. Dicho esto, debemos reconocer, con un dejo de sorna, que las mayores obras poéticas nacionales nacen precisamente en la provincia, en un mundo tenazmente lejano de los centros urbanos.

Eludamos esa larga y gloriosa lista —que incluye premios nobel y rencillas mitológicas— y enfoquémonos en el recientemente fallecido Efraín Barquero, uno de los últimos grandes representantes de la poesía proveniente del terruño. En su obra se conjugan, me parece, dos ideas centrales: una mirada atenta y reflexiva —sin aspavientos— de los oficios y la vida de los hombres y mujeres pertenecientes a un mundo primitivo y, por el otro lado, una especie de fe mística en los rituales diarios de la vida. Aquí no hay “guanacos tutelares”, ni concatenaciones de adjetivos tremebundos —incluso hay quien dice que podría ser el poeta más cercano a la Mistral—, sino que una poesía precisa y potente; consciente del valor de la palabra, del juego poético de alto vuelo, en sus cavilaciones sobre escenarios íntimos. A diferencia de Jorge Teillier, que también centró su obra en mundos lluviosos y de pueblos chicos, Barquero no rememora un pasado que ya fue, y para no repetir el cliché —que el mismo tuvo que aclarar chorrocientas veces— lo suyo no era exclusivamente el campo, sino que el ser humano en su totalidad: “El hombre para mi es todo y en el hombre se disuelven el campo, la ciudad, las montañas”. Esta despreciable pandemia nos quitó la posibilidad de despedir como correspondía a uno de los poetas más grandes de los últimos años, un tipo que desde el silencio y la lejanía del exilio retrató de manera honesta y coherente la expresión más profunda del ser humano en ese escenario único que es el mundo agrícola, donde conviven lo arcaico con lo contemporáneo. 

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"Si un gallo tendiera a cantar con el ruido de un fósforo
se incendiarían sus plumas como un suave alcohol.

Si un caballo entrara al galope en este campo
cruzaría como una sombra un río muy profundo.

Sólo un ciego, con su cuerpo como un párpado,
podría atravesar este silencio con su paso dormido."


Barquero en imágenes 

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©Luis Poirot 2020
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Barquero en Lo Gallardo
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Matrimonio civil de Efraín Barquero y Elena Cisternas Franulic en 1955. También en la foto, los padrinos, Pablo Neruda y Matilde Urrutia. Luego de fallecimiento de su esposa Barquero declaró: "Ella me acompañó una vida entera, por todas partes, nunca nos separamos. Esta fue la primera separación".
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Barquero en Pekín, China  invitado por el pintor José Venturelli

Selección de poemas

SI HE DE TENER CONTIGO UN HIJO

Si he de tener contigo un hijo,  
que éste llegue,
cuando nuestra casa sea toda la tierra!

Si hemos de dejar un heredero,
que éste venga,
para mirar sin asco nuestro mundo!

Si he de hacerte madre,
que sea con amor,
y no con vergüenza de vivir y de ser hombre!

Si hemos de traerlo, conquistemos para él
el derecho de ser libre,
para que después no nos maldiga!

Conquistemos la tierra donde habrá de crecer,
para que después no nos olvide,
al no encontrar nuestras raíces!

Conquistemos la paz en que habrá de construir,
para que después no nos desprecie
al impedírselo sus propios hermanos!

Que nuestro hijo rasgue en dos tu vida,
y tu grito de dolor conmueva las estrellas;
hienda en dos mi canto, y por mi herida,
entre el sol a todas las conciencias!

LA MIEL HEREDADA

Mi abuelo era el río que fecundaba esas tierras.
Lleno de innumerables manos y ojos y oídos.
Y, al mismo tiempo, ciego y taciturno como un árbol.
Era la barba antigua y la voz profunda de la casa.
Era el sembrador y el fruto. La cepa rugosa.
El índice del tiempo y la sangre propicia.
Mi abuelo era el invierno con las manos floridas.
Era el propio río que poblaba las tierras.
Era la propia tierra que moría y renacía.

Mi abuela era la rama curvada por los nacimientos.
Era el rostro de la casa sentado en la cocina.
Era el olor del pan y la manzana guardada.
Era la mano del romero y la voz del conjuro.

Era la pobreza de los largos inviernos
envuelta en azúcar como humilde golosina.
Quince hijos comían de sus manos milagrosas.
Quince hijos dormían con su sueño de águila.
Muchos nietos y biznietos hemos seguido
pasando por sus brazos enjutos.
Pero ella es siempre la mano que mezcla agua y harina.
Es el silencio de la noche lleno de pájaros dormidos.
Es el brasero de la infancia con la tortilla corredora.

Mi padre era el que más se parecía a la tierra.
Debe haber nacido junto con el maíz o el trigo.
Mi padre era moreno, y dormía en su caballo.
Era como el jinete lento de la primavera.

Mis otros tíos todos se parecían a las aves del lugar.
Todos tenían algo de los árboles y las serranías.
Algunos eran poderosos como los caballos percherones.
Pero todos recordaban las cosas más cercanas a la tierra.
Era un enjambre turbulento que llenaba la casa.
Era una bandada de queltehues que anunciaba la lluvia.
Eran los zorzales que se robaban las cerezas.

Yo nací cuando eran viejos ya; cuando mi abuelo
tenía el pelo blanco, y la barba lo alejaba como niebla.
Yo nací cuando ardían las fogatas de mayo.
Y lo primero que recuerdo es la voz del río y de la tierra.

GONG

El tiempo ardía apagando los rostros
se inmovilizaban los años para escuchar el grave sonido
se ordenaban en círculo los animales de piedra
las puertas se abrían con lentitud crepuscular
yo avanzaba guiado por el centro de mí mismo
por el extraño peso de mi alma
se apagaban mis pasos como tragados por las aguas
mi aliento se disolvía velozmente
mis ojos palpaban como manos
mis oídos rechazaban lo exterior
nada me era más ajeno que mis pies
nada me era más distante que mis brazos
resonaban solos los espacios comprendidos
a sí mismos se escuchaban los largos aposentos
los dispuestos utensilios ocupaban otro orden
las aves emblemáticas habían adquirido otro poder
vivían las cosas un interior de frutas solas.

ARTE POÉTICA (robarle a la garza su blancura) 

Robarle a la garza su blancura
al águila, la uña con que raya el día
a toda criatura volante, su insuperable vértice
a mi copa, su unidad que crea el vino
su gesto invisible que todo lo divide
robarle al mar una sola ausencia
al río, su primera catástrofe
robarle al sol un sueño poblado
a este lugar, mi raíz quemada
a mi boca, su fruta perfecta
a mis manos, el consuelo de una fuente intacta
robarle a cada estancia su habitación sin muros
a cada abeja, el latido más pequeño del cielo 
robarle a cada puerta su visitante imprevisto
a la mesa, su cuerpo final
robarle a la ventana el prisionero del mundo
a la mujer, el tacto de mis árboles verdes
la serpiente sin color de mi sangre indescifrable.

FOGÓN

Nunca apagaron el fogón
donde hervía un agua oscura.

Nuevos leños fueron arrojados
por dos manos ocultas en la sombra.
Nuevos baldes se trajeron
llenos de agua y de misterio.

Un trozo de carne fue asado.
Un pan surgió de las cenizas.
Un rito de azúcar quemada
hizo más antiguo el silencio.

Pero nadie se movió de la orilla.

Ni supe cuántos eran: el humo
los envolvía como en sueños.
No conocí sus rostros: el agua
que hervía los hacía tan lejanos.

Alguien irrumpió desde afuera,
pero nadie se movió de su asiento.

Seguía ardiendo el fuego, bullía el agua.

Nota: Las imagenes de Efraín Barquero fueron recogidas desde la página web: www.efrainbarquero.net. Su uso solo busca homenajear a la figura del poeta a 3 meses de su fallecimiento.

Los fragmentos y poemas utilizados fueron extraídos de los libros:
Enjambre (Zig-Zag, 1959)
El viento de los reinos (Nascimiento, 1967)
La compañera y otros poemas (Nascimento, 1969)
Epifanías (Losada, 1970)
La mesa de la tierra (LOM, 1998)

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