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ENTREVISTAS

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Andrés Claro: “Ruiz no se achicó nunca ante el legado completo de la cultura universal”

El filósofo es uno de los personajes del Diario que Ruiz escribió y que fue publicado en dos volúmenes por Bruno Cuneo. Aquí habla de su amistad y de la faceta literaria del cineasta.
Por Daniel Rozas

Raúl Ruiz escribió entre 1993 y 2011 un diario que contiene notas, recuerdos y observaciones que hizo mientras filmaba películas, leía libros, daba conferencias teóricas, escribía novelas, se gastaba toda la plata en restaurantes, manifestaba su aversión por el cine norteamericano y se daba maña para dormir diariamente una siesta. Condensado en más de mil páginas, los dos volumenes editados por Bruno Cuneo (Ediciones UDP, 2017), son una bitácora que ilumina la figura de un creador total, cuya erudición lo sitúa al nivel de intelectuales latinoamericanos como Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes.  

Personaje del Diario de Raúl Ruiz e integrante de su círculo íntimo de amistades, el filósofo, ensayista y traductor, Andrés Claro (1968) cuenta que con Ruiz se conocieron el año 98 en París.” Me incorporé en calidad de guardiamarina a los almuerzos dominicales que hacían junto a Valeria, su mujer, y a Eli y Waldo Rojas. Así se inició una conversación pantagruélica que duraría años, un contrapunto muy productivo entre cocina y cultura. Y es ese Ruiz oral, esa manera tan propia que tenía de ejercer un montaje significativo con referencias de las procedencias más dispares, el que aparece como en ningún otro sitio en los diarios. 

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En el Diario Ruiz parece un tipo muy poco chileno, hedonista, bueno para reírse de sí mismo, gozador, un gran consumidor y procesador de información. En cada entrada del libro disgrega sin cesar, pasando de un tema a otro: comida, música, poesía, etc. Al parecer le encantaba irse por las ramas. ¿Era Ruiz un vividor, entonces, un tipo vitalista?

Su vitalismo era más gozador que hedonista. Y no me parece poco chileno. Todo lo contrario. Su arte de la digresión, como dices, es un perfeccionamiento de nuestro arte de irnos por las ramas; en su caso cuajó tempranamente por lo demás: a partir de las superposiciones en los almanaques piratas que leía en la niñez y de las conversaciones de bar que siguieron más tarde. Lo mismo su arte de la paradoja, su manera de hacer dudar de la evidencia inmediata mediante vínculos a la vez imposibles y definitivos. Allí se reconoce una sofisticación de las fracturas propias de la talla chilena. Aunque de una talla no chaquetera, donde la rapidez mental es puesta al servicio de un humor amable, a veces metafísico.

—¿Por qué piensas que Ruiz empezó a escribir este Diario? ¿Cómo crees que este libro modifica su figura de cineasta de cara al futuro?

Creo que el Diario parte como una bitácora de su viaje artístico y existencial; fue una manera de mantenerse alerta ante sí mismo y de situarse ante el panorama de cambio histórico que le tocó vivir. Nada psicoanalítico, en todo caso, que es un tipo de introspección que le era ajena (leyó a Freud de niño, pero bajo el equívoco de que se trataba de literatura erótica; bueno, también lo leyó algo más tarde).

Ahora, me imagino que el diario va a modificar varias cosas, incluso para quienes lo conocieron de cerca o conocen bien su obra. Hará tomar conciencia del nivel de dificultades y del voluntarismo con que llevaba a cabo sus proyectos cinematográficos; incluso de la vulnerabilidad y angustia con que los vivía muchas veces, que es la otra cara de la moneda del Ruiz gozador. Hará tomar conciencia también de la actitud explícitamente poética con que abordaba sus películas. Pues lo que queda muy claro en el diario es que se lanza a filmar al modo en que un poeta se lanza a escribir un experimento lírico, que puede resultar o no, lejos de imponerse modelos probados o recorridos predeterminados. Esto es muy distinto a como suele trabajar la industria cinematográfica, que tiene más analogía con el modo de escribir de un novelista, al menos ciertos novelistas profesionales que trabajan desplegando una estructura predefinida con alta consciencia del tipo de recepción que se espera de la obra.

—Jorge Edwards me dijo que Raúl Ruiz era un grafómano. ¿Hasta qué punto Ruiz fue un escritor?

Ruiz era un escritor incansable, mezcla de arrebato y parsimonia: un “maniaco de modales mansos”, como lo puso por ahí un crítico movido por los azares de la aliteración. Y es que no podía pasarse un día sin preparar o escribir algo. Lo que explica no sólo el número inverosímil de películas y obras de teatro que dejó, sino también su escritura de poéticas de cine, las varias novelas publicadas y otras inéditas; sus cientos de poemas. En fin, sus incontables entrevistas, de las cuales Bruno Cuneo hizo un libro extraordinario. Pero tal vez la gracia misma de toda esta labor escritural de Ruiz está en su tensión, en su distancia con la literatura profesional. Pues sus escritos son muy libres; no dejan sentir una conciencia programada de los recursos retóricos o genéricos, por mucho que experimente con unos y otros a partir de sus lecturas, que muchas veces tienen una procedencia distinta de la literatura misma.
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—Tú eres filósofo. ¿Qué lecturas filosóficas y otras entusiasmaban a Ruiz? Pues en algún momento del Diario dice que sus películas son simplemente notas a pie de página de los libros que leía. ¿Qué opinas de esa afirmación?

La lista de sus intereses es inabarcable. Tenía lecturas de filosofía contemporánea recurrentes desde la juventud, como Whitehead, Russell, Wittgenstein, Cassirer. Se mantenía al día en las obras de sus amigos cercanos, como Bernard Pautrat, Abdelwahab Meddeb o Giorgio Agamben. Leía mucha filosofía y teología medieval; cabalistas judíos y cristianos; tratados renacentistas. A Spinoza, Pascal, Leibniz. Le interesaba mucho la cultura china y la cultura árabe; tanto su filosofía como poesía. Pero también leía mucha ciencia, especialmente la cosmología de la astrofísica actual, una pasión que compartía con su gran amigo, el matemático Emilio del Solar; luego biología, neurociencia. Sobre todo, era un gran devorador de poesía de todas las épocas y de novelas, las que mezclaba activamente en los guiones de sus películas.

Lo cierto es que hacía entrar todas estas lecturas diversas en la coctelera de su cabeza, donde iba dosificando sabiamente los ingredientes según las necesidades del proyecto. Dicho de otro modo, puso ese eclecticismo enciclopédico propio de ciertos creadores e intelectuales latinoamericanos, como Borges y Alfonso Reyes, al servicio de su creación cinematográfica. Pues si Ruiz no se achicó nunca ante el legado completo de la cultura universal, no fue para fijarlo al modo de un erudito. Fue para sacudirlo y energizarlo en nuevas combinaciones, mostrando las posibilidades creativas que tenía la lectura de un texto dentro de otro, creando mundos en los que terminaba habitando.

—Escribe Ruiz en el Diario: “El problema es encontrar un hombre que cambie su vida por un arte”. ¿Crees que ése fue su caso? Esto es, ¿vivir y crear eran la misma cosa para Ruiz?

No era posible separar al artista de la persona, una existencia creativa con un pathos bien especial, claro. Pues crear era para Raúl una suerte de actividad gozosa y clandestina a un tiempo; mezcla de prolongación alegre de los juegos de la infancia y de actitudes de resistencia ante las presiones del medio. Es lo que explica su manera de trabajar en el set, donde hacia de la necesidad virtud, incorporando los accidentes cotidianos como posibilidades creativas.

—¿Es el Diario el testamento artístico de Ruiz? O dicho de otra forma, ¿piensas que el Diario es la culminación de su producción artística y teórica?

Me parece que más que culminación de su producción artística y teórica, el Diario es como el revés de la haz de sus películas, poéticas, novelas y demás creaciones terminadas. Muestra los hilos detrás del tapiz, los que se revelan apasionantes por su variedad de registros y la complejidad de su tejido. Es una radiografía de la mente del artista. En fin, da razón a su convicción de que la muerte es una forma de trabajo posible.

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Andrés Claro

Filósofo. Doctor en Filosofía y Literatura de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales (Francia), donde hizo su tesis bajo la dirección de Jacques Derrida, y en la Universidad de Oxford (Inglaterra). Autor de Las vasijas quebradas, cuatro variaciones sobre la ‘tarea del traductor’ (Ed. UDP, 2012); y La creación, figuras del poema, configuraciones del mundo (Bastante, 2014). Ha publicado poesía y traducciones literarias de diversas lenguas. Enseña en el Doctorado en Filosofía de la Universidad de Chile, y ha sido profesor invitado en universidades de Latinoamérica, EE.UU. y Europa.

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