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CRÓNICA

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PICADILLO DE UNA CRÓNICA SOFRITA

Claudio Maldonado

Es la idea en estas líneas, escribir sobre algunas comilonas de mi vida, pero sin hacer que la acumulación delirante de los productos ingeridos sea la única marcha del argumento, independiente que los caminos finales sean vómitos inolvidables, o cagaderas que coronen con su hedor la constancia del consumo. Rabelais es la base, pero es la base y como no soy gordo ni quiero relacionar la comida con esas tallas, es que voy al recuerdo del primer causeo que tuve al llegar a estudiar a Temuco, evento organizado por unos chilotes y unos osorninos de Historia que me invitaron a comer una cabeza de chancho. Como yo venía de la tierra del vino, la lógica fue pensar que esos trozos de labios, orejas, lenguas y mejillas los pasaríamos con un buen tinto, pero no sé a quién se le ocurrió que con unas buenas Doradas al hielo la situación sería más sabrosa. Terminamos comiéndonos los sesos al ritmo del sabor electrizante de un Ron Silver con Fanta.
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No recuerdo que hice a la mañana siguiente, pero si que al desayuno me hice una pailada de huevos chimbos y después fui a jugar una pichanga. No fue una cosa del otro mundo, sí de otro cuerpo, el que ahora no tengo, y el que muchos de los que fueron mis amigos infantiles tampoco tienen: 1989, campaña presidencial, Büchi, Aylwin, Frafra (son la misma hueá gritaban unos vecinos comunistas). Cierre de campañas en Curicó. Frafra en su cierre regaló lápices, viseras y libretas, Aylwin, que fue el de más público, sólo se limitó a regalar esperanza y deseos de reconciliación. Pero el Hernán Büchi, con su melena y su buzo Spoga, con el actual senador Coyoma animando y con unas modelos rubias con falditas cortas supieron hacer feliz a todo el momiaje curicano y a nosotros, que andábamos agarrando todos los regalos democráticos del tiempo. Montados en nuestras bicis, vimos como las minas rubias, al terminar los discursos, levantaron una lona y le mostraron a la gallada unos cincuenta bandejones de empanadas, en el acto un camión refrigerado se destapó y aparecieron decenas de cajas de jugos Kapo. Era la hora de almuerzo, la gente bramó y se lanzó en trance, nosotros nos metimos con las bicis a la degustación, el senador Coyoma gritaba por el megáfono que alcanzaría para todos, pero la idea era comer y llevarse kapos para la casa, el olor a cebolla era total, vi a viejujas echándose pedazos de masa desarmados a la boca, vi a un guailón reventándose la casaca de cuerina de tanto meter kapos. Al final llegó Carabineros y se llevaron a varios, mientras le seguían dando en los parlantes con el Büchi diferente.

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Y es así, si algún día salí del horroroso Chile también tengo recuerdos de comilonas y efectos colaterales. Fui a París y me cebé con los kebabs, era casi lo único que comía y también crepes con nutella. Seguro que una masa pesada y harinosa comenzó a taparme los circuitos digestivos porque simplemente un día dejé de defecar. Esto podría haber quedado ahí, pero un fin de semana la chica que me había invitado al viaje y que me estaba auspiciando casi todo me dijo que una amiga nos esperaba en Londres, sí, en Londres, y que lo pasaríamos muy bien. Fuimos, nos subimos a todo lo que pudimos y cuando sentimos hambre, ese sábado, nos fuimos a comer a un mall de comida internacional: El castillo del elefante. Yo seguía sin cagar, ya eran cuatro días, pero igual pedí comida colombiana: arepas y hartas cosas llenas de harina y maíz. Cuento corto: Londres no es Talca, o sea no hay farmacias en todas las esquinas, más bien parecían no haber, pues estuvimos casi dos horas buscando un laxante hasta que lo encontré. Era un jarabe. Me lo tomé y nos fuimos esa noche a los clubs a vacilar su David Bowie, su Talking Head, su Prodigy. Bailando como trompo cucarro recuerdo que el laxante hizo su efecto, pero no por el conducto regular, si así hubiera sido no tendría sentido escribir esto, sólo sé que me tiré un peo por la boca, un peo disfrazado de flato tan brutal que todos los que bailaban a mi alrededor sintieron el aliño sabrosón del tercer mundo. Wanda, la mina que en aquel tiempo era mi polola, y la que me había auspiciado en casi todo, me miró con asco. Sin embargo, y para seguir resistiéndome a no decaer en lo que dije en las primeras líneas de este escrito, es que diré que aquel olor dulzón, casi como un hechizo, hizo que una negrita que venía del Zaire se subiera a menearme sus caderas, luego un colorín más orejón que el príncipe Carlos, junto a su novia china me extendió con una sonrisa una whiscola, era toda Babilonia bailando a mi ritmo latino y comilón. La novia con los años se esfumó, y ese hedor en Londres es el fin de estas líneas que se fríen sin remedio.

Claudio Maldonado (Curicó, 1977). Es autor del libro de cuentos Santo Sudaca (2008) y de la novela Piel de Gallina (2013).

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